Lectura

#Apreciaciones Como agua para chocolate – Laura Esquivel

La familia de La Garza fue testigo a ciegas de una historia de amor atemporal, tempestuosa e intermitente. Laura Esquivel sacó provecho del realismo mágico, con anécdotas difíciles de creer, pero fascinantes. Esta obra se gloria de escenas divertidas, tiernas y crudas, es una montaña rusa de emociones que suaviza perfectamente con recetas de alimentos, una para cada ocasión.

Laura Esquivel, escritora mexicana, nos transportó a 1910 (tiempo de la revolución mexicana) con su libro “Como agua para chocolate”. Esquivel colma sus páginas con una fuerte crítica al rol sumiso de la mujer del siglo XIX, al machismo impregnado en la sociedad, a la violencia y la esclavitud. Creó una receta perfecta para denunciar y a la vez hacer vibrar nuestros corazones con una historia de amor eterna.

El título del libro invoca el permanente sentimiento de frustración, odio, miedo, tristeza y rencor acumulado en el corazón de Tita. Su sangre hervía constantemente, así como debe estar el agua para hacer chocolate.

Es imposible terminar de leer “Como agua para chocolate” y no recordar estos pasajes:

Cuando alcanzamos el amor deseado:

“… Como ve, todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más, déjeme decirle algo que a nadie le he confiado. Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que, si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos.

 

Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo. Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.

 

¡Qué ciertas eran estas palabras! Si alguien lo sabía era ella…”

Cuando no reconocemos quienes somos:

“… En lugar de comer, prefería ponerse horas enteras viéndose las manos. Como un bebé, las analizaba y las reconocía como propias. Las podía mover a su antojo, pero aún no sabía qué hacer con ellas, aparte de tejer. Nunca había tenido tiempo de detenerse a pensar en estas cosas. Al lado de su madre, lo que sus manos tenían que hacer estaba fríamente determinado, no había dudas. Tenía que levantarse, vestirse, prender el fuego en la estufa, preparar el desayuno, alimentar a los animales, lavar los trastes, hacer las camas, preparar la comida, lavar los trastes, planchar la ropa, preparar la cena, lavar los trastes, día tras día, año tras año. Sin detenerse un momento, sin pensar si eso era lo que le correspondía. Al verlas ahora libres de las órdenes de su madre no sabía qué pedirles que hicieran, nunca lo había decidido por sí misma. Podían hacer cualquier cosa o convertirse en cualquier cosa. ¡Si pudieran transformarse en aves y elevarse volando! Le gustaría que la llevaran lejos, lo más lejos posible…”

En doce capítulos; uno para cada mes del año, doce recetas y cientos de historias, este libro resumió de forma espléndida la vida de una familia que lucho contra todo, principalmente contra sí misma.

Lectura 100% recomendada. Pueden visualizarlo en PDF en este link: Aquí 

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